Página Principal Padre Carlos M. Buela Indice del Catecismo


Capítulo tercero

 

La respuesta del hombre a Dios

I. Creo

        «La fe es una adhesión personal del hombre entero a Dios que se revela. Comprende una adhesión de la inteligencia y de la voluntad a la Revelación que Dios ha hecho de sí mismo mediante sus obras y sus palabras.

        “Creer” entraña, pues, una doble referencia: a la persona y a la verdad; a la verdad por confianza en la persona que la atestigua.

        No debemos creer en ningún otro que no sea Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo

La fe es un don sobrenatural de Dios. Para creer, el hombre necesita los auxilios interiores del Espíritu Santo

        “Creer” es un acto humano, consciente y libre, que corresponde a la dignidad de la persona humana.

        “Creer” es un acto eclesial. La fe de la Iglesia precede, engendra, conduce y alimenta nuestra fe. La Iglesia es la madre de todos los creyentes. “Nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por madre” (San Cipriano de Cartago).[1]

II. Creemos

        “Creemos todas aquellas cosas que se contienen en la Palabra de Dios escrita o transmitida y son propuestas por la Iglesia... para ser creídas como divinamente reveladas”.[2]

        La fe es necesaria para la salvación. El Señor mismo lo afirma: “El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará” (Mc 16,16).

        “La fe es un gusto anticipado del conocimiento que nos hará bienaventurados en la vida futura”. (Santo Tomás de Aquino)[3]».[4]

III. Los jóvenes y la fe

        «Buscar la verdad, descubrirla y alegrarse de haberla encontrado es una de las alegrías más apasionantes de toda la vida», dijo a los jóvenes el Papa Juan Pablo II. Pero sucede que todo el que anda en búsqueda de la verdad camina en búsquedade Dios, que es la Verdad Eterna y por eso, todo joven que busca a Dios se embarca en una apasionante aventura: «Descubrir a Dios, descubrir el Evangelio y encontrar al Salvador es ciertamente –os lo aseguro– una aventura maravillosa».[5] ¡Es la gran aventura de conocer a Jesucristo!

        Una aventura sin obstáculos no es aventura, y por eso ciertamente que los que se embarcan en esta aventura deberán afrentar dificultades. Una de ellas es la oposición que encontrará su fe por parte del ateísmo en todas sus variantes, que sin duda «es el fenómeno más grave de nuestro tiempo»[6], el drama más grave de nuestra época, ya que, como afirma el Concilio Vaticano II, «la creatura sin el Creador desaparece»[7]. De hecho, jamás en la historia de la humanidad se dio un ateísmo militante como en esta época. No sólo dominó la mente de muchos filósofos modernos sino que, además, se hizo ideología y alcanzó el poder en muchas naciones de la tierra. Cosa que nunca antes había pasado con esas dimensiones planetarias. Aunque se afirma que el ateísmo teórico, es decir, el de aquellas personas que niegan abiertamente la existencia de Dios y luchan en su contra,está disminuyendo en el mundo, no sucede así con el ateísmo práctico, que es el de aquellos que «viven como si Dios no existiese». El ateísmo con su negación de Dios, a Dios no le hace nada. Es como los que balearon imágenes de Jesucristo, a Él las balas no le hicieron nada. Todo el ateísmo actual, aún elevado a la enésima potencia, no le quita a Dios ni un gramo de su Gloria intrínseca. Más aún, todo el ateísmo feroz y militante, lejos de destruir a Dios, trabaja –sin que ellos lo quieran– para manifestación de la grandeza de Dios, de su sabiduría, de su omnipotencia, y sobre todo, de su bondad y misericordia. Ya decía el salmista: «¿Por qué... trazan los pueblos planes vanos? ... se confabulan los príncipes contra Dios y contra su Cristo... El que mora en los cielos se ríe, el Señor se burla de ellos» (Sl 2, 1-4). San Pablo nos recuerda: «No os engañéis; de Dios nadie se burla» (Ga 6, 7); y a los cristianos de Corinto les escribía: «Escrito está: “cazaré a los sabios en su astucia” (Job 5, 13)» (2 Co 3, 19). El ateísmo a Dios no le hace nada; el ateísmo a quien destruye es al hombre. El ateísmo, de hecho, es un atentado contra el hombre «creado a imagen de Dios» (Gn 1, 27). El ateísmo sabe que a Dios no puede afectarlo en su ser ni la blasfemia, ni el sacrilegio, ni el odio, ni la negación de su existencia (que es sólo una postulatoria, es decir, se afirma sin ninguna prueba), pero sí puede destruir la imagen de Dios en el hombre; ese el gran y único logro del ateísmo: la destrucción del hombre. San Ireneo de Lyón, a finales del siglo II, escribía: «si Dios faltara completamente al hombre, elhombre dejaría de existir. La gloria de Dios es que el hombre viva, pero la verdad del hombre es ver a Dios».[8]


[1] De catholicae unitate Ecclesiae: PL 4, 503A  
[2]
Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, 20.  
[3]
Compendio de Teología, 1, 2.  
[4]
Catecismo de la Iglesia Católica, 176-184.
[5]
Juan Pablo II, a los jóvenes en el estadio de Kampala, 1993.  
[6]
Pablo VI, Ecclesiam suam, 25.
[7]
Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 19 a.
[8]
Adversus haereses IV, 20, 7.

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