Página Principal Padre Carlos M. Buela Indice del Catecismo


Capítulo Primero

 

El hombre es «capaz de Dios»

I. EL DESEO DE DIOS

    «El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar». Muy hermosamente lo decía San Agustín: «Señor, ... nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descanse en ti».

    «El hombre es por naturaleza y por vocación un ser religioso. Viniendo de Dios y yendo hacia Dios, el hombre no vive una vida plenamente humana si no vive libremente su vínculo con Dios.

    El hombre está hecho para vivir en comunión con Dios, en quien encuentra su dicha. “Cuando yo me adhiera a ti con todo mi ser, no habrá ya para mí penas ni pruebas, y mi vida, toda llena de ti, será plena”, rezaba San Agustín.[3]

    Cuando el hombre escucha el mensaje de las criaturas y la voz de su conciencia, entonces puede alcanzar la certeza de la existencia de Dios, causa y fin de todo.

    La Iglesia enseña que el Dios único y verdadero, nuestro Creador y Señor, puede ser conocido con certeza por sus obras, gracias a la luz natural de la razón humana.

Nosotros podemos realmente nombrar a Dios partiendo de las múltiples perfecciones de las criaturas, semejanzas del Dios infinitamente perfecto, aunque nuestro lenguaje limitado no agote su misterio.

    “Sin el Creador la criatura se diluye”.[4] He aquí por qué los creyentes saben que son impulsados por el amor de Cristo a llevar la luz del Dios vivo a los que no le conocen o le rechazan».[5]

II. LAS VÍAS DE ACCESO AL CONOCIMIENTO DE DIOS

¿Cómo conocemos a Dios?

    Por dos caminos llegamos a conocer a Dios:

1. con la sola luz de nuestra inteligencia por medio de las cosas creadas;
2. con la misma inteligencia –pero iluminada por la fe– a travésde la enseñanza de la Iglesia.

1. Conocimiento natural de Dios

    Así como con nuestra sola inteligencia al ver unas joyas pensamos que un joyero debió hacerlas; al ver un jardín lleno de flores pensamos en el jardinero que con tanto esmero lo cuida; al ver un reloj pensamos en el relojero que lo hizo andar con exactitud; con mucha mayor razón al ver el inmenso mecanismo de relojería que son las estrellas y planetas todos del universo que exactamente recorren sus órbitas; el hermoso jardín adornado con tantas flores, plantas y árboles, que adornan la tierra, y las preciosas joyas que son los niños, las madres, los hombres, pensamos necesariamente en el Hacedor de todo eso, en el Artesano Supremo, en la Inteligencia Máxima que dio vida y actividad a todo eso; en una palabra, pensamos en Dios.

    Y pensamos necesariamente en Dios porque es imposible que las cosas se hayan hecho solas. ¿Quién le enseñó a las arañas a hacer sus nidos, a las abejas construir los panales, a los terneros a mamar y a estar cerca de la madre? ¿En qué escuela le enseñaron esas maravillas? No tienen inteligencia, no saben leer, ni escribir, ni contar y hacen cosas que parecen requerir inteligencia. ¿Por qué? Porque Dios, que es supremamente inteligente, puso en los animales el instinto para que –a pesar de no ser inteligentes– hiciesen cosas tan maravillosas que de hecho nos llevan a pensar en Él, que es la causa de esas maravillas, «pues por la grandeza y hermosura de las criaturas proporcionalmente se puede conocer a su Hacedor Original» (Sb 13,5). Por las obras se conoce a los artistas «porque desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y divinidad, son conocidos mediante sus obras» (Ro 1, 20). De ahí que toda la naturaleza nos habla de Dios, las flores y los pájaros, los mares y las montañas, las estrellas y los hombres, el color y la nieve, el agua y el sol, la tierra, los ríos, la lluvia... todo, todo «canta la grandeza de Dios» (Sal 19, 2).

Hay una voz interior que nos dice «no hagas esto» y si lo hacemos nos ponemos tristes, o «haz esto» y si lo hacemos nos ponemos contentos; es la voz de la conciencia, que es la voz de Dios. Todos los hombres tienen escrito en sus corazones lo que Dios manda o prohibe y de ello «es testigo la conciencia» (Ro 2, 15).

2. Conocimiento sobrenatural de Dios

    Podemos conocer a Dios, de una manera mucho más profunda, por medio de la fe. De una manera mucho más profunda, porque en este caso es el mismo Dios quien nos dice a nosotros lo que Él es, lo que Él ha hecho, lo que Él nos dio, lo que Él promete, lo que Él enseña, lo que a Él le agrada, lo que Él quiere de nosotros; en una palabra, nos enseña los secretos más íntimos de su corazón, las verdades más grandes acerca de Él, tan grandes que ningún hombre hubiera podido siquiera imaginar. Por la fe Dios se revela, se da a conocer, se manifiesta. Y eso lo hace porque Él quiere y porque Él nos quiere. Dios nos habla para decirnos cómo es y para decirnos cómo tenemos que ser nosotros y porque nos habla nos dice su Palabra, la Palabra de Dios.

 

«Tened vivo en el corazón y difundid a vuestro alrededor el sentido del ideal. No se ha apagado la llama de los altos ideales en el corazón de los jóvenes de hoy, porque ninguna fuerza exterior puede suprimir los anhelos profundos del alma.

No existe ningún mal que pueda frenar la fuerza del bien; no hay violencia capaz de apagar la fuerza del amor que abate el corazón del joven».

Juan Pablo II,
a los jóvenes
 en el estadio de Foggia, Italia,
24 de mayo de1987.


[1] Catecismo de la Iglesia Católica, 27.  
[2]
Confesiones 1, 1, 1.  
[3]
Confesiones, 10, 28, 39.
[4]
Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 36.  
[5]
Catecismo de la Iglesia Católica, 44-49.

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