Página Principal Padre Carlos M. Buela Indice del Catecismo


Epílogo

Querido joven:

        Al llegar aquí nos despedimos. Ruego a Dios y a su Madre Santísima que hayas escuchado claramente la convocación de Dios que nos «llamó por medio de su gracia» (Ga 1, 15), «a ser santos» (1Co 1, 2) y «santos por vocación divina» (Ro 1, 7) ya que para eso «nos ha elegido antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia» (Ef 1, 4).

        Dios quiere que todos seamos santos, sin ninguna exclusión: los sacerdotes y los laicos, los hombres y las mujeres, los ignorantes y los sabios, los ricos y los pobres, los chicos y los grandes, los débiles y los poderosos... todos: «Porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación» (1 Te 4, 3); «Sed santos como Yo soy santo» (Lev 11, 44) ya que «Dios no nos llamó a la inmundicia sino a la santidad» (1 Te 4, 7).

        Dios nos llama no a cualquier «santidad», por ejemplo, la de los santones, sino a una santidad cristiana, santidad que consiste en participar en la misma Vida de Jesucristo, santidad que nos manifiesta con sus ejemplos y que nos enseña con sus Palabras: hemos «sido llamados por Jesucristo» (Ro 1, 6), «por la gracia de Cristo» (Ga 1, 6). Es decir, que la santidad consiste en imitar plenamente a Jesucristo, en hacer perfectamente la Voluntad de Dios, en unirse a Dios por el amor –que son tres maneras de decir lo mismo–.

        Dios nos llama a la santidad sobrenatural, o sea, superior a las fuerzas de nuestra naturaleza. Por eso nos dice Jesús: «Sin Mí nada podéis hacer» (Jn 15, 5); y repara que no dice que podemos hacer poco o mucho sino nada; nada podemos en el orden sobrenatural sin la gracia de Cristo. Nuestra santidad no es como la de Dios que brota de su misma naturaleza, sino que es una participación de la de Él, y excede infinitamente todas nuestras apetencias y exigencias, es gratuita, Dios la comunica porque quiere: «No que de nosotros seamos capaces de pensar algo como de nosotros mismos, que nuestra capacidad viene de Dios» (2 Co 3, 5).

        Dios nos llama a una santidad de expiación, propia de nuestro estado de criaturas caídas en el pecado. No es como la santidad que Dios requería de nuestros primeros padres, «constituidos en justicia y santidad». Nosotros nacemos en pecado y, aún después del Bautismo, estamos más inclinados al mal que al bien. Nuestra santidad es una santidad de pecadores redimidos: hay que luchar contra las pasiones desordenadas, hay que pasar por la Cruz, hay que mortificarse amando la pobreza, la humillación y el dolor. Tampoco es la santidad del Cielo, allí los bienaventurados no pueden pecar. Aquí tenemos que luchar todavía contra el Demonio: «nuestra lucha es contra los espíritus malos» (Ef 6, 12), y contra el mundo malo: «si me persiguieron a Mí también a vosotros os perseguirán» (Jn 15, 20); por eso debemos obrar nuestra santificación «con temor y temblor» (Flp 2, 12), de donde decía San Pablo: «castigo mi cuerpo y le esclavizo no sea cosa que yo que te he predicado venga a ser condenado» (1 Co 9, 27), y el mismo Jesús enseña: «Si no hacéis penitencia todos igualmente pereceréis» (Lc 13, 3). Nos corresponde una santidad expiatoria. «Los pecadores debemos trabajar como santos».[1]

        Dios nos llama a una gran santidad: «Sed perfectos como mi Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48). La causa de que pocos lleguen a una gran santidad «no es porque Dios quiera que haya pocos espíritus levantados, que antes querría que todos fuesen perfectos, sino que halla pocos vasos que sufran tan alta y subida obra»,[2] ya que «convida el Señor a todos: pues es la misma verdad, no hay que dudar».[3] No nos contente­mos con un vuelo de gallina sino que anhelemos volar como las águilas. No nos dejemos abatir por las dificultades, puesto que «fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas; antes dispondrá con la tentación el éxito, para que podáis resistirla» (1 Co 10, 13). Que no decaiga nuestro ánimo por lo áspero de la lucha que «aún no habéis resistido hasta la sangre en vuestra lucha contra el pecado» (Heb 12, 4) que «el Reino de los Cielos está en tensión y sólo los esforzados lo arrebatan» (Mt 11, 12). «Somos pequeños pero podemos transformarnos en grandes. Los santos se elevaron siempre hasta las alturas supremas».[4]

        Dios nos llama a ti y a mí, en particular, con nombre y apellido: «vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Ga 2, 20); y nos llama ahora, en el momento presente: «ahora es el tiempo propicio, ahora es el día de la salvación» (2 Co 6, 2), «el tiempo es corto» (1 Co 7, 29). A ti y ahora: aunque fueses el único ser en el mundo que tratases de perfeccionarte, por ser Él quien llama y porque Él llama a quien quiere, debes responderle: «¿Señor, qué quieres que haga?» (He 9, 6), «Aquí estoy Señor..., habla que tu siervo escucha» (1 Sam 3, 9-10). No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy.

        El plan que Dios tiene en su mente desde toda la eternidad y que inexorablemente se cumple en el tiempo es que todo, absolutamente todo, se ordene al bien de los elegidos, concurra al provecho de los santos: «Todo sucede para bien de los que aman a Dios, de los que según sus designios son llamados» (Ro 8, 28). Dios que gobierna todo, todo lo endereza hacia los santos. San Pablo tiene un texto muy hermoso que bien puede servir como broche de oro de nuestro Catecismo: Dirigiéndose a los fieles de Corinto para exhortarlos a la santidad les dice: «Todo es vuestro; ya Pablo, ya Apolo, ya Cefas; ya el mundo, ya la vida, ya la muerte; ya lo presente, ya lo venidero, todo es vuestro; y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios» (1 Co 3, 21-23).

        «Todo es vuestro; ya Pablo, ya Apolo, ya Cefas», o sea, los miembros de Cristo, incluido el Romano Pon­tífice, ya que no son los fieles para los Apóstoles, sino los Apóstoles para los fieles; «ya el mundo» que sirve parasatisfacer sus necesidades y les ayuda a conocer a Dios; «ya la vida, ya la muerte», es decir, todos los bienes y todos los males de este mundo; «ya lo presente», que nos es propicio para merecer; «ya lo fu­turo», que se nos reserva para el premio; todo, absolutamente todo, hasta lo que pareciera más intrascen­dente, es dirigido por Dios, en orden a los santos. Así como todo lo que hacen los santos, lo hacen por Cristo: «y vosotros sois de Cristo» . Y Cristo, en cuanto hombre, se ordena del todo a Dios. «Todo es vuestro; ...vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios».

        ¡Oh, María, Madre y Reina de todos los Santos, ayúdanos! Reproduce en nosotros la imagen de tu Hijo.

        Que no seamos sordos a su llamado, porque «la única tristeza es la de no ser santos» . Así sea.

        ¡Adelante! ¡Siempre adelante! ¡Ave María y adelante!


[1] Gilbert K. Chesterton, La hostería volante, c. VI.
[2]
San Juan de la Cruz, Llama de Amor Viva, canción II, 27.
[3]
Santa Teresa, Camino de Perfección 19, 15.
[4]
Cardenal Joseph Mindszenty, Memorias.

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